En la entrada anterior dejé pendiente un tema que, creo, necesitaba un post entero. Me refiero al impacto emocional que el diagnóstico de la superdotación tiene en la persona afectada, de la misma manera que lo tiene en su entorno.

Centrándonos en el protagonista puedo decir que, en base a mi experiencia personal (y esto es importante), hay varias fases de reacción ante la noticia:

1º Dolor intenso/ Sentimiento de estar a años luz de ser “normal”:

Cuando me confirmaron un hecho que todos, a excepción de mí misma, parecían conocer, mi respuesta inmediata fue la de un dolor abrumante. Desde luego, yo ya había pensado en la posibilidad de serlo, e incluso había lo deseado (pues la inteligencia es una de las virtudes que más valoro en una persona, a pesar de que a veces no debería ser así); aún así, cuando la psicóloga me dio los resultados de las pruebas, éstos me resultaron un frío golpe con una realidad que no se me planteaba tan bonita como había ideado. Recuerdo haber ansiado salir de la consulta para poder llorar en soledad. Yo siempre me había sentido diferente, pero en ese momento fue como si me hubieran asegurado, objetivamente, que lo era, y no tenía nada que hacer contra ello.

2º Euforia:

Cuando por fin mi deseo de salir se cumplió, nada sucedió (de nuevo) como yo esperaba. Era Enero y llovía a cántaros. La lluvia desde siempre me ha relajado, porque bajo la lluvia todos parecen más vulnerables, y en cambio yo parecía crecer, tanto interior como exteriormente. Mi confianza se iba afirmando, y debo reconocer, por mal que me parezca, que me sentí muy superior a cualquiera que pasase por mi lado. Sufría una sobrevaloración de mí misma muy intensa, como si de un momento a otro el mundo fuera a rendirse a mis pies. Por dentro, la más pura euforia explotaba. Parecía como si mi deseo de ser inteligente se hubera cumplido (he de reconocer que durante toda mi vida, cada vez que alguien me decía que era inteligente lo negaba efusibamente, llegando incluso a enfadarme de verdad, aspecto que ampliaré en otro post).

Esta etapa duró varios días, quizá algo más de una semana, y mis padres llegaron a reconocer que era un completo horror vivir con la vanidad personificada. Era un estado peculiar, parecía como si yo estuviera viviendo en mi propio cosmos independiente, y el pasaje para penetrar en él sólo era posible para aquellas personas que superasen el nivel de C.I. mínimo que yo había impuesto.

3ºConcienciación de que una persona no es mejor que otra por ser más inteligente:

Mis padres estaban bastante disgustados, mi ego era tremendo, pero poco a poco me fui concienciando de que, por muy inteligente que sea una persona, nunca podrá ser comparable a otra, por lo que tampoco podría ser mejor. He de reconocer que a lo largo de mi existencia me he dado cuenta de la importancia que las circunstancias de la vida de una persona tienen la misma, como posteriormente estudié que decía Ortega, pues bien, este concepto, la circunstancialidad, me ayudó a respetar a todas las personas por igual (aunque reconozco que aún estoy en el proceso); posiblemente, si yo hubiera tenido un entorno más nefasto del que tuve (no voy a valorar ahora si mi entorno fue o no bueno) mi inteligencia, sin lugar a dudas, se habría desarrollado menos de lo que está, al igual que si mi entorno huberia sido mejor, mi inteligencia ahora sería mayor de la que poseo. Pues bien, pensar en las circunstancias de cada persona, como las genéticas o las escolares, me hicieron darme cuenta de que, una persona no puede elegir al 100% lo que quiere ser, y por tanto, todas las consecuencias de sus características no deben recaer sobre ella, y esto no podía infundirme otra cosa que no fuera comprensión, pena por darme cuenta de que el hombre no es libre de elegir ser libre, dolor por comprender las injusticias a las que estamos sometidos. Darme cuenta de todo esto, darme cuenta de que al fin y al cabo no era tan diferente, darme cuenta de que tenía suerte y no debía usarla en contra de la humanidad sino a su favor, darme cuenta de la mucho que tenía (y tengo si sigo trabajando) por ganar y también lo mucho que tenía y tengo por perder me ha ayudado mucho a ser consciente de que el sentimiento de superioridad es una lacra, un virus que puede infectarme de tal cantidad de ego, que un día todo mi cuerpo explote.

Repito, esta fase aún no ha acabado, pero ojalá algún día llege a tener la templanza emocional como para eliminar por completo todos los sentimientos dañinos para mí y para los de mi alrededor.

4º Repetición constante de las otras tres anteriores:

Por último debo advertir que estos tres sentimientos generales, con diferencias de matiz, se han ido reproduciendo cíclicamente, no necesariamente en el orden expuesto, a lo largo del tiempo que llevo sabiendo que soy superdotada. He notado que dependen casi absolutamente de mi estado emocional, pero a pesar de ello me he dado cuenta de que la intensidad de los mismos ha ido descendiendo permanentemente, de modo que cada vez me resulta más familiar saber cual es mi inteligencia; ya no me digo”Wow! soy superdotada, ¿No es increible?”

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Para finalizar quisiera remarcar que estas fases aquí expuestas son las mías personales, y por lo tanto no deben ser usadas como información recogida por un profesional, si las publico por internet es simplemente por ayudar a personas que, como yo, se han visto envueltas “sin tomarlo ni beberlo” en una situación tan especial como esta.

Atentamente, Victoria